2 de abril de 2016

Por Luis Vilchez - Poesía Periodística (Parte 32) - Jorge Bustos, un poeta inmenso con alma de niño

Amigo bienvenido por mis versos

Al poeta Jorge Bustos

Barbudo grandulón y bonachón
poeta admirador del Che Guevara
fanático de Agüero y de Neruda
café con leche por las madrugadas

poeta introvertido que se anima
a repartir canciones que pretenden
sanar las nanas de un niño que duerme
en la vereda de una plaza pública

tu voz ha renacido de las flores
tu profunda mirada - tus dolores
tus pasos largos como mis batallas

amigo bienvenido por mis versos
poeta de San Luis (poeta inmenso)
metonimias de un río de sonetos

Poema extraído del libro Pomas de amor para una olla vacía, ediciones madera y verso, Luis Vilchez, año 2008

   Jorge Bustos, poeta, escritor y músico popular de San Luis es uno de esos hombres inmensos con alma de niño. Sensible al hablar, profundo en su mirada. Uno siente que se va ha desvanecer cuando habla tan apasionadamente de su amante: la poesía. Unos siente que él tiene la “pretensión de ser poeta”. Si buscamos el origen de esta intención, lo encontraremos en su padre, hombre de pan y de trabajo que les inculcó a todos sus hijos el arte, como una forma de soportar, gozar y discutir el mundo. Gran lector, su viejo lindo, formó pájaros cantores. Una de esas aves es el Jorge.

 

   Bueno, sin muchas pretensiones de profundizar con mis palabras la voz de este poeta, que forma parte de las filas de la Revista Cultural Latinoamericana (Guturalmente hablando) “El Viento”. Nacido en San Luis, pero que es del universo. Les convido algo de su hermosa obra.

 

Juana Koslsay, San Luis, Argentina, mate en mano, sábado primero de abril de 2016

 


Si terito, fue un golazo

A los partidos importantes, los miraba desde afuera. Es que no se podían dar el lujo de jugar con uno menos. Porque incluirlo en el equipo era eso, jugar con uno menos. Que no fuera uno de los once les causaba una profunda pena, pero, para defender el honor del barrio, había que jugar con los dientes apretados, poniéndola con fuerza, yendo a todas las pelotas como si fuera la última, sin compasión, casi con odio.
Rubén Darío en uno de sus cuentos dice: “la fecundidad es una maldición en el vientre de las mujeres pobres”. Y esa maldición estaba en el vientre de la madre de Jacinto. Tubo muchos hijos, pero sus senos eran dos cavidades vacías, de las que inútilmente los niños succionaban para calmar el hambre. Entonces ¿qué fuerza podía tener Jacinto? ¿Cómo podía ir a buscarla arriba y meterse al área con coraje, si sus frágiles piernas descarnadas milagrosamente lo mantenían parado? Estaba condenado a mirar de afuera con la tristeza de un ángel de alas mutiladas. Estaba señalado por el dedo de algún dios perverso a transitar la infancia, pero no a vivirla. Y es así que a los partidos importantes, siempre, pero siempre los miraba de afuera.
Dicen que los niños con hambre se quedan en el tiempo; como si en su interior habitara una criatura eterna. Será por eso que a pesar de sus diez años, cuando sonreía, lo hacía como si recién descubriera la sonrisa.
Nació en invierno y nunca tuvo primavera.
En cualquier época del año, se lo veía casi mecánicamente limpiarse la nariz con el puño de su abrigo, mientras su cuerpo acurrucado se parecía a un capullo sin la decisión de abrirse.
Nació en invierno y un seis de julio cumplió los once.
Los niños del barrio habían desafiado para ese día al rival, que ya consideraban enemigo, contra quien se jugaba a cara de perro, con las tripas hirviendo. Esta vez no se podía perder, había que dejar todo: el pellejo, la sangre, la vida. Todo. Absolutamente todo. No se podía perder, porque en este partido jugaba Jacinto.
Durante mucho tiempo habían ido juntando moneda por moneda, a las cuales a través de una ranura las iban depositando en un tarro. En ese tarro había un dibujo de un nido con unos pájaros que representaba la marca de una leche muy conocida, que los padres daban a sus hijos para que se criaran fuertes. La madre de Jacinto no le pudo dar esa leche, ni tampoco la de sus senos; por eso careció de la fuerza necesaria para que a los partidos importantes no los mirara desde afuera.
Fueron juntando moneda por moneda. Se ofrecían a los vecinos para hacer los mandados con la esperanza de la propina. Los centavos que recibían de los padres para la golosina de la escuela terminaban pasando por la ranura, provocando la misma ansiedad que en el sediento, las diminutas gotas de agua que caen en el cántaro. Todas las monedas que llegaban a sus manos ya tenían un destino: el tarro.
Había que llegar un día antes, o, a lo sumo, a la mañana bien temprano del día determinado, con la plata necesaria. Y así fue. Después de un largo tiempo, juntaron la plata necesaria. A la mañana temprano partieron hacia el centro con el tarro bajo el brazo.

- Un par de botines Sacachispas.

- ¿Qué número? – Preguntó el vendedor, mientras los miraba con ternura, recordando talvez un tiempo ya remoto.

La pregunta fue desconcertante ¿Qué número calzaba el “terito”? (Terito por sus canillitas flacas)

- Treinta y siete - dijo uno de ellos -.

Ante la mirada interrogante de los demás, éste, mirando con seguridad a quien los atendía, para que no quedaran dudas, les dijo: “yo le doy mis zapatillas viejas”.
Ya confirmado el número, retiró de los estantes la caja con los botines a los cuales sacó de la misma para verificar si se encontraban en ella los dos cordones. Cuando estaba por introducirlos nuevamente, uno de los niños tomó uno entre sus manos y se lo llevó hasta su nariz para percibir con los ojos cerrados el olor a goma nueva. Esto provocó, tanto en sus amigos como en el vendedor, una espontánea carcajada.
Mientras vaciaba la improvisada alcancía sobre el mostrador, dijo: “cuente”.
El hombre se detuvo observando las monedas que destellaban como pequeños soles. Al levantar la vista, con cierta curiosidad le preguntó:

- ¿Por qué tantas monedas?

- Hoy cumple los once el Jacinto y queremos regalarle los botines

Miró a lo lejos a través de la vidriera y quedó en silencio, mientras los niños trataban de adivinar lo que pensaba. Luego amontonó las monedas con las dos manos y las fue depositando nuevamente en la alcancía, con el cuidado de quien pretende que no se apaguen los pequeños soles que habitan en el cosmos de la infancia. Puso la caja sobre el tarro y, sin mirarles a la cara, les dijo: “las monedas son para el chocolate”. Ya los niños se retiraban cuando el hombre los detuvo con un: “esperen”. Alargando la mano y procurando ocultar la humedad de sus ojos, les alcanzó lo que faltaba: un par de medias.
El partido era a media mañana, se habían congregado al costado de la cancha, y esperaban con inquietud a Jacinto que, como nunca, aún no había llegado. Las miradas se dirigían hacia la dirección por donde habitualmente aparecía, que era a través de un sendero que terminaba detrás de uno de los arcos.
De pronto lo vieron, como siempre, contraído por el frío y la permanente actitud de limpiarse la nariz con el puño de su abrigo.
Se arrimó al grupo con una tímida sonrisa, mezcla de incertidumbre  y esperanza. Incertidumbre por no saber si se acordaban de que era seis de julio, y esperanza de que si eso ocurría, que tuvieran en cuenta la fecha, al menos alguien  le diera un abrazo, o una simple palmada. Solamente eso, nada más que eso. Si hasta de su madre no pretendía más que la ternura de un beso.
Pero no fue alguien. Fueron todos. Hubo besos, abrazos, palmadas. Hubo risas, un asomo de lágrimas, un odio entrañable a la miseria, pero también la certeza de un amor inquebrantable.

- Terito, acá tenés los botines y las medias; esta vez les jugamos a muerte.

Por las piernitas flacas de Jacinto, se enarboló un estremecimiento que recorrió todo su cuerpo. Solamente el canto de un gorrión imprudente interfería el silencio, mientras su mirada buscaba en la de sus amigos la explicación de lo que estaba sucediendo. Sus manos temblorosas, un tanto por el frío y otro tanto por la emoción, retiraron de la caja los botines que ya los niños habían abrochado, porque sin dudas él no sabría hacerlo. Curiosamente, luego de contemplarlos, como quien contempla alucinado a esa colorida mariposa que siempre soñó tenerla entre sus manos, se los llevó hasta su nariz, también como su amigo, para percibir con los ojos cerrados el olor a goma nueva. Esta vez no hubo carcajadas, sólo una sensación extraña que los obligó a tragar saliva para aliviar el ardor de la garganta. Inmerso en una incredulidad sin límites, con voz casi inaudible, preguntó:

- ¿Son pa’ mí?

Tito, simulando no haber escuchado la pregunta, lo apuró diciendo:

- Ponételos que ya empezaron a llegar los otros.

Jacinto se puso las medias y se las subió hasta las rodillas, pero al ver que se deslizaban hacia abajo por sus canillitas flacas, como dos banderas derrotadas, con una sonrisa resignada dijo.

- Nimporta, me la’to con una piola.

El partido, como todos los partidos de potrero, terminaba cuando se alcanzaba cierta cantidad de goles, que previamente se establecía. Esta vez lo pactaron a siete. Era fin de semana y no había que pensar en ir a la escuela.
Jacinto no estaría desde el comienzo porque no se podía dar ventaja. Había que asegurar el triunfo. Si la cosa estaba fácil, entraba, pero sino tendrían que esperar el momento propicio para hacer el cambio. No iba a ser fácil, como nunca lo fue. Era un rival duro, que por lo general se alzaba con el triunfo y no quedaba más que masticar la bronca hasta el día de la revancha.
Aunque la intranquilidad, los nervios, las dudas estaban en cada uno de ellos, esta vez no se podían ir con la victoria. Si eso sucedía, serían los artífices de una tristeza más en la vida de Jacinto, y sobre todo en un día tan significativo para él. Había que ganar. Se iba la vida en ese intento.
Y llegó el momento. Al comenzar el partido, los excesivos latidos de sus pequeños corazones aceleraban la sangre de tal manera que, a pesar del frío, la alta temperatura de sus menudos cuerpecitos se manifestaba en el color casi bermejo de sus caras. Pero con eso no alcanzaba. A los pocos minutos empezó a manifestarse la superioridad de los rivales. No los podían parar. Entraban con facilidad y en más de una ocasión tuvieron la oportunidad de festejar la apertura del marcador, como en casi todos los partidos anteriores. La desesperación provocaba gritos de aliento, como para recordarse que la derrota era imperdonable, que había que quedarse con el triunfo; aunque eso, lamentablemente, no era fácil. Todo lo contrario, era difícil, casi imposible; y el primer gol fue para ellos, luego el segundo y también el tercero, y la desesperanza comenzó a jugar en contra, la incipiente resignación a quitar fuerzas, y ya se presagiaba como en tantas otras veces el sabor amargo de un nuevo fracaso. Todos los intentos, morían en intentos. La pelota era totalmente ajena y comenzaba a manifestarse en el toque displicente, que ya tenían el triunfo asegurado.
Pero de pronto, se escuchó, como se escucha desde la costa la voz endeble de aquel sobreviviente de un naufragio:

- ¡Vamo muchacho!

La pequeñita voz de Jacinto; tan pequeñita como su vida, tan pequeñita como sus breves momentos de alegría.
Y eso bastó, fue suficiente. Su pequeñita voz fue como la voz de mando, que precede al combate en los campos de batalla. Desde entonces la pelota ya no era tan ajena. Desde ese mismo instante comenzaron a disputar cada jugada como pequeños gladiadores. A los pocos minutos vino el descuento y la esperanza los invadió de golpe como un torrente incontenible. Estaban en cada espacio del potrero, en donde la pelota era una presa con la que se debían quedar para calmar el hambre de victoria; esa victoria que dejaba de ser un sueño inalcanzable porque el segundo se metió por donde el arquero nunca llega; y porque Jacinto agitaba sus brazos y su pequeñita voz les calaba en el alma y ahí nomás, casi como un suspiro, el empate les abrió la puerta de la hazaña y la algarabía comenzaba a tener identidad de gloria.
Sin embargo, no estaba todo definido; los contrarios paulatinamente salieron del asombro, y volvieron a tener el control de la pelota. Un par de jugadas bien precisas y ya estuvieron  nuevamente con dos tantos adelantes. El desaliento quiso instalarse en ellos, pero los gritos de Jacinto lo espantaron, como quien espanta un pájaro siniestro. Y así fue transcurriendo el partido. Por un lado el manejo del buen fútbol, por el otro, una promesa de triunfo.
En un momento dado llegaron al borde del abismo, porque después de haber alcanzado el empate, los rivales convirtieron otro tanto, quedando sólo a uno de lo que habían pactado. Y el terito, siempre el terito; con ese aliento tan necesario como lo es el viento para henchir las velas y darle movimiento al barco; ese aliento que los llevó estoicamente a quedar también a un sólo tanto de alcanzar la gloria, esa gloria que quedaría para siempre en sus memorias, pero especialmente en la de ese frágil y diminuto guerrero de canillitas flacas.
Jacinto ya era uno de los once, porque a pesar del dramatismo del partido, la decisión fue unánime. Era cuestión de cara o seca. Por indicación de Tito se paró cerca del arquero, con la misión de estar totalmente atento. Los últimos minutos era como transitar por una elevada y estrecha cornisa, porque el riesgo estaba en los dos arcos, provocando alivios por momento y por momentos alegrías truncas.
En un pasaje del partido, apelando a la superioridad de siempre, los adversarios entraron con pelota dominada dejándolo sólo al delantero frente al arquerito, el que, un poco por talento y otro por intuición, se quedó con ella, que entraba al ras del piso pegada al palo izquierdo. Entonces Tito la pidió con autoridad, con bronca, como la piden los caudillos. El arquerito, inclinando su cuerpo hacia la derecha, le pegó con la cara externa de su pie izquierdo; a lo Gatti y con la precisión de Gatti. La pelota pareció anidar en el pecho de Tito, que luego la bajó para hacerla correr hacia el costado de la cancha, con la intención de llevarse la marca, y de esa manera despejar espacios. Levantó la cabeza y comprobó que el terito estaba próximo al arquero. Un marcador le salió al encuentro, pero amagó hacia la línea y con su pierna más hábil enganchó para el centro de la cancha y volvió a levantar la cabeza para mirar a Jacinto. Otro le fue abajo a manera de tijera, pero él ya la había adelantado punteándola con su botín derecho; y ya se sintió imparable, porque una misteriosa voz desde su interior le decía: “vamos, hacelo por Jacinto, por su nariz paspada, por sus canillitas flacas, por sus días de invierno y mucho frío”; entonces hizo un caño y lo miró nuevamente. “Vamos Tito, hacelo porque hoy cumple los once y sería su mejor regalo, como el regalo que no le pudo dar su vieja. Vamos te queda solo el arquerito”; le amagó decididamente al palo derecho y éste se jugó con alma y vida; pero como lo hacen los grandes, la mató con la izquierda y con la derecha la tocó mansamente hacia los pies de Jacinto, quien después de un instante de duda, que parecía infinito para la ansiedad de todos, la empujó con su débil aliento para que comenzará a rodar tan lentamente como una rueda primitiva. En ese instante dejaron de latir los corazones; la sangre detuvo su curso, y los rostros palidecieron, así como en las noches al escuchar relatos de fantasmas. Todo pareció detenerse en el tiempo. Sólo la pelota rodaba con pesadez, con agonía. Pero rodaba y rodaba y la ansiedad se acrecentaba, y el grito era un estallido demorado, pujando en las gargantas. Jacinto, contraído, ya no por el frío, sino por la emoción tantas veces reprimida, la vio trasponer la línea para morir en el territorio de la gloria.
El silencio se prolongó por un instante; por ese instante que tarda en descorrerse el cerrojo para darle libertad a esa felicidad por mucho tiempo encarcelada. Todos corrieron hacia Jacinto impulsados por la euforia, mientras él, pequeñito Cristo de bracitos abiertos, era una conjunción de lágrimas y risas; conjunción de un ayer entristecido y un presente de alegrías. Sus ojos decían lo que su diminuta voz, ahogada por el llanto, no podía; por eso su mirada repartida en retazos tenía la intención de proclamar su sueño mil veces postergado.
Tito, apartado del tumulto, se hallaba de rodillas con el rostro reposando sobre el polvo y las palmas de sus manos hacia abajo.  Era el fiel reflejo de esos monjes que veneran su dios en los templos orientales. Pero si su actitud era de veneración, sin duda veneraba ese dios futbolero que tiene su trono en los potreros. Jacinto después de tanta algarabía, después de que su casi inexistente fuerza lo había abandonado, tomó conciencia de que le faltaba algo. Se alejó de sus compañeros y se dirigió hacia Tito que aún de rodillas lo esperaba con los brazos abiertos.
Entonces sí, llegó el momento de coronar esa dicha que, por primera vez en su martirizada infancia, tuvo la piedad de residir en él como una extraña y encantadora habitante.
Una vez frente a frente se fue inclinando hasta quedar también de rodillas, para terminar en un estremecido y conmovedor abrazo.
Los gritos de júbilo fueron callando uno a uno, hasta que un silencio, como el que le da solemnidad a los ritos ancestrales, los llevó a ser inmóviles espectadores de un acontecimiento que sellaría para siempre, en las páginas del recuerdo, las imágenes más elocuentes de la gloria.
Con el transcurrir de los minutos todo volvió a su cause natural, como ocurre siempre después de haber vivido con intensidad algo tan significativo. Convocados en el centro de la cancha comentaban sucesos del partido, de los que por primera vez tuvo participación Jacinto. Tito, en un momento dado, como quien estuvo a punto de olvidar un recado, casi gritando dijo:

- Muchachos, mi vieja nos espera con churros y chocolate.

Todos respondieron con un sonoro e infantil aplauso, y partieron encolumnados llevando consigo las huellas del cansancio. Jacinto se limpió la nariz con el puño de su abrigo, y después de mirarse los botines preguntó:

- Tito, fue un golazo ¿No?
- Sí terito, fue un golazo.


En ese momento el sol se ocultaba detrás de un manto gris que comenzaba a cubrir el cielo. Le pasó el brazo al rededor del cuello en manifestación de cariño, pero seguro, también, para protegerlo del frío.



Imagen de la publicidad de "Un mundo número cinco", cuentos de fútbol. Libro número 19 de Ediciones Libros de la Calle. Año 2016. último libro publicado por Jorge. 


   Alguna vez me han preguntado, porque a mi primer libro de poesías lo llame Pájaros Leves; y debido al concepto que tengo de las mismas, he respondido que ellas son pájaros liberados. Pájaros que despliegan sus alas en el corazón conmovido del poe­ta - o de aquel que intenta serlo, como es mi caso - y como dice mi hermano en el prólogo “Salen a volar mensajerías de amor, mas allá de todas las distancias”.
Y estos pájaros han vuelto a habitar y desplegar sus alas en el cielo de mi vida, para luego partir hacia no se que distantes latitudes.
Estas poesías, o estos pájaros/poesías son los que conforman el presente poema­rio.
Cuanta verdad encierra Musset en sus palabras al decir: “La poesía esta en el alma, como el ruiseñor en el ramaje”.
También podemos decir que con los ojos del alma, basta observar un crepúsculo oto­ñal, una calle solitaria, un prado en primavera, como solo es suficiente pronunciar el nombre de la mujer amada, o convocar en el recuerdo a las que hemos amado, para que la poesía llegue hasta nosotros estremeciendo nuestro sentimiento.
Ella está, ella vive y seguirá viviendo mientras haya pechos palpitando, porque bien sabemos que: “El arte hace versos pero sólo el corazón es poeta.”

Vive

Yo, digo que no, porque lo he visto
en la menuda estatura de los niños,
que la vida les cambió la risa
por el triste canto de un gorrión enceguecido.
porque lo he visto encaramado en los andamios
Como queriendo atrapar en las alturas
la negra mariposa del salario.
Porque lo he visto en los andenes
morada compartida por ancianos.
Porque lo he visto en la ansiedad de esas mujeres
que en el puerto esperan al hombre de la casa
que traiga entre sus redes
el plateado pan de la jornada.
Porque lo he visto roturar la tierra
con manos callosas asidas al arado.
porque lo he visto en las estibas.
Porque lo he visto en las hachadas.
Porque lo he visto en la vergüenza
de la joven prostituta llevando en bagaje
la mercancía del amor amargo.
También lo he visto lejos de mi tierra
lo he visto en el dolor de Sarajevo.
Lo he visto en el hambre de las villas brasileñas.
Lo he visto en Biafra de oscuro rostro
y oscuro sufrimiento.
Lo he visto en Chiapas y su reclamo indígena
y en todos los lugares donde la libertad se busca.
Tal vez si algún día cuando se duerman los cañones
y se callen fusiles y metrallas
y vuelva a renacer la risa de los niños
y retornen los pájaros a los campos de batalla
y no existan opresores ni oprimidos
y sea cada hombre catedral de razas
yo lo vea pasar calladamente
buscándole descanso a su sangre dolorida
entonces si, podré decir
que el Comandante ha muerto.


Declaración jurada y poema aportados por Jorge Bustos para el libro Las Hojas Compilación de Testimonios, notas, poemas, cuentos, crónicas varias, de escritores de la década del 60 y 70 que publicaron en la Editorial Papeles de Buenos Aires, Ediciones La Pluma y La Palabra dirigida por el poeta Roberto Santoro y escritores que han publicado en la Revista Cultural Latinoamericana (Guturalmente hablando) El Viento dirigida por la escritora Mónica Algarbe y el poeta Luis Vilchez., año 2010, Colección Libros de la calle


I
Quiero intentar el verso,
y como el pescador
despliego mis redes
en el mar de las palabras,
pero solo recojo las páginas
calladas del silencio.
Quiero intentar el verso,
y huelo mis manos,
también mi lecho,
busco en mis labios el néctar de tu cuerpo,
pero todo es inútil
solo encuentro silencio.
Quiero intentar el verso,
y así, como el minero solitario
yo voy abriendo túneles
hacia las entrañas del recuerdo,
pero todos me llevan,
inexorablemente,
al reino del silencio.
Quiero intentar el verso,
y en el intento me descubro,
como una extraña guitarra
con cuerdas de silencio.

II
Ayer,
tan sólo ayer,
se abrieron corolas como un cáliz
y fue más verde ,
el verde de la hiedra.
Izó la flor por el frágil tallo
su bandera roja
y en el mar vegetal de los jazmines
sus blancas velas desplegaron
diminutos barcos perfumados.
Ayer,
tan sólo ayer
mi jardín celebró tu lluvia
vistiéndose de primavera.


III
Ámame hoy,
como ayer me amaste.
Mañana,
sígueme amando,
y así,
que tus días lleguen a mi vida,
como al solitario acantilado,
las olas infinitas.

IV
Mantengamos encendida
nuestra lámpara,
la noche no es eterna.
Tampoco el invierno es infinito,
el verano llegará con las espigas.
Retornará la lluvia
llenando nuestro cántaro,
y la sed,
será un fantasma del pasado.
Limpiemos el camino
de espinas y guijarros,
y sigamos andando.
No desesperes y aguardemos.
Entonces, cuando haya llegado
el ocaso de la noche
y sepultado sea
el invierno por el trigo,
nuestro cántaro,
el aposento de la lluvia
y el camino - Ahh…el camino
tentación de distancias -
tomados de las manos
caminaremos descalzos por el mundo.


31 de enero de 2016, festejando el cumpleaños de Luis Vilchez. Bustos nos convida el hermoso gesto de cantar cosas del alma. 


V
Para decir amor
basta escuchar tu risa,
que trepa, se propaga,
y se expande por el viento
como el cantar de un viejo campanario.
Para decir amor
sólo te pienso,
y descubro en mis labios
un dejo de tu boca,
y tu piel anda en mis manos,
suave, tibia,
como una brisa estival
que me estremece.
Para decir amor
es suficiente,
saber que vienes a mi encuentro
para combatir en mí
todas las tinieblas,
porque en tí traes el sol…
Toda la luz del universo.



VI
Y tuvieron que callar,
porque vieron florecer los durazneros,
y teñirse de rojo los manzanos.
Porque vieron el cielo surcado por las aves
y en la tierra las espigas
de luminosos trigales.
Porque vieron tus ojeras y las mías,
testimonio que deja
una noche de amor en primavera.
Y tuvieron que callar,
guardar silencio,
los que auguraron nuestro destino yermo
con sus lenguas de arena.




31 de enero de 2016, festejando el cumpleaños de Luis Vilchez. de izquierda a derecha Jorge Bustos, Roberto Clark y Luis Vilchez. Siempre presente el convidar poesía. 


VII
Hoy, navegan estrellas
por mi sangre
y tengo la luna en mis pupilas.
El sol mañana será mío,
como también el viento,
mariposa,
todos los pájaros…
Acudirá a mi casa, Neruda,
con sus versos,
y me hablará de astros,
de un corazón en calma,
de la hora del crepúsculo,
de una canción desesperada.
Yo, pulsaré de nuevo
la guitarra
y será mi canto
un sentimiento estremecido.
Cuánto amor,
cuánta alegría,
cuánta dicha inmensurable,
cuando ella ,
me anticipa su llegada.



VIII
Cuando llegue ese día,
yo cerraré mis ojos.
Mis oídos ajenos estarán
a tus palabras,
no percibirá mi olfato
tu perfume de mujer silvestre.
Solo mis manos recorrerán tu cuerpo
como si lo modelara un alfarero ciego.
Cuando llegue ese día
mi lecho será la fragua
y tu cuerpo con el mío
el leño para que ardan
las llamas del delirio.
Cuando llegue ese día.
¡Que interminable espera!
¡Ah!...
Cuando llegue.



IX
Desnuda.
Como las pupilas
después de un largo sueño,
como la palabra cuando rompe
las cadenas del silencio,
como una lámpara,
una lágrima,
como un meteoro en el espacio.
Desnuda, bien amada.
Así te quiero.
Desnuda.
Hasta lo más profundo de tu alma.



X
Ven, no te vayas,
porque si lo haces,
dime que haré
con lo que tengo para darte.
Que haré con estos ojos
cuando sean dos pájaros en celo
y quieran posarse
en el árbol desnudo de tu cuerpo.
Que haré con estos labios
cuando sedientos de amor
reclamen tu cántaro de besos.
Que haré con mi nostalgia
cuando llegue la noche
y sea un páramo mi lecho.
Que haré con el vino, el pan y las manzanas,
y qué con mi guitarra
cuando no suene para tí
frente a mi hoguera.
Ven no te vayas…
si se desborda el amor en esta casa.


Jorge con el poeta Gabriel Rosales, presentando el libro La Huella en ningún Lado, poesía. La parte de Bustos se tituló Abril.

XI
Si tú te vas,
de sal serán mis ojos.
La noche hundirá también en ellos
su espada de infinita niebla
hasta mutilar el mástil
de mi bandera diurna.
La oscuridad trepará
a mis pupilas
como por el muro trepa
el musgo del olvido.
Si tú te vas,
si me abandonas,
déjame aunque sea,
la triste luz
de tu luna encarcelada.



XII
Y nada será igual
cuando en mi pecho anide
el dolor de tu partida.
Ya no serán las mismas calles.
Las hojas que caigan en otoño
no harán tañir las cuerdas
sensitivas de mi alma.
Ya nada me dirá el sol en agonía,
ni la noche, cuando comience
a parirle al cielo sus estrellas.
Ni las plazas solitarias.
Ni la primavera con su preñéz de pájaros
Que distinto será todo,
que gris la vida.
Que extraño será el mundo,
cuando ya vencido
encuentre el adiós en tu mirada.



XIII
Un silencio cósmico
cae sobre el mundo.
El viento no cabalga su caballo alado,
por eso los árboles
con su sed de brisa, parecen abstraídos
en verdes pensamientos.
Nada rompe la noche,
ni presurosos pasos,
ni el canto inadvertido de un pájaro nocturno.
Nada.
Pareciera que todo carece de sonido,
que de todas las bocas
huyeron las palabras.
El silencio camina,
se mueve sigiloso,
como el andar de un felino al acecho.
El silencio con su rostro de ausencia,
me hiere,
me mata,
y en esta hora de muerte,
no te tengo conmigo.



XIV
Penumbra.
Lucha en que mi luz quiere triunfar,
y tu oscuridad quiere abatirme.
Penumbra.
Palomas claras que vuelan de mis ojos,
pájaros oscuros que vuelan de los tuyos.
Penumbra.
Ventana abierta en la morada que yo habito,
en tu alcoba no vive la llama de tu lámpara.
Penumbra.
Soy intención de sol.
Tú, intención de eclipse.
Penumbra.



XV
Y si aún a tu lado
me presientes distante,
y quieres rescatarme
de mi antigua tristeza,
suelta al viento tu son de campanario
para que vuelen al instante
los pájaros dormidos de mi alma.
Si ves que al mediodía
la oscuridad me envuelve,
devuélveme la luz
con tu invasión de estrellas,
o ízame a la torre
donde el sol incendia tus cabellos.
Si un día ves mis pasos
avanzar a tientas,
y mis manos temblorosas
como dos palomas ciegas,
simplemente dí mi nombre,
y sabré donde te encuentras.



XVI
Yo, y esta muda
soledad que me acompaña.
Sólo el viento
de lenguaje transparente,
deja en mi ventana
sollozos de violines.
Él, por escucharlo me agradece,
yo, porque me olvido de tí
por un instante.



XVIII
La luna, inmutable pupila.
Los pinos, gigantes lanzas de guerreros
con la loca intención
de desangrar el infinito.
Un grillo, juglar nocturno
que canta su misterio.
Seres solitarios, hermanos de la noche.
Una lejana melodía.
Yo, y esta quieta tristeza
que tienen las plazas desoladas.
Todo es como siempre,
pero ella…
ya no está conmigo.



XVIII
Anochece.
El sol no soporta el peso de sus parpados,
y de oscuro se visten
las calles y las casas.
Hay un dejo de tristeza en todo lo que existe.
Anochece.
Estoy solo.
Mi guitarra se ha dormido,
y en silencio la tengo entre mis brazos,
temeroso a que despierte
en nostálgicas melodías.
Anochece.
Se han muerto los sonidos,
como ha muerto mi esperanza
de escuchar el preludio de los pasos
anunciando su llegada.
Anochece y estoy solo.
También en mi, hay un dejo de tristeza.



XIX
He perdido todo.
Nada tengo.
Vacía esta mi alma
como el andén
cuando hay trenes que se marchan.
Te fuiste.
Se agiganta tu ausencia en mi nostalgia.
Por tu adiós,
de lluvia son mis ojos,
una débil llama en el viento
mis palabras,
tempestad es mi vida,
y yo un velero ciego
que busca un puerto de luz
donde soltar amarras.



XX
Yo se, que en ese día,
estarán ausentes las palabras,
que morirán las melodías,
que partirán en silencio los poetas,
que callarán los pájaros su canto.
Todo me será, dolorosamente ajeno.
Las calles,
las plazas,
la luz del mediodía,
y mas tarde, el crepúsculo sangrante.
Todo.
Yo se que partirás como esa nave
que indiferente se aleja de los muelles
donde en un adiós
agonizan los que aman.
Partirás.
Y no solo tu adiós
se quedará conmigo,
lo hará también el eco de tus pasos
como una triste canción
muriendo en la distancia.



XXI
Adiós.
¿Qué significado tiene esta palabra?
¿Por qué se dice?
¿Cuándo es transitorio?
¿Cuándo es para siempre?
¿Cuándo anida la esperanza de un regreso,
y cuándo un navegante
transitando el mar de la desdicha,
para quemar su nave en otro continente?
¿Cuándo el adiós es una bestia mortalmente
acorralada, y cuando una bestia
ganando la selva enmarañada?
Adiós.
¿Qué significado tiene esta palabra?
Ella me lo dijo.
Quiero anidar una esperanza.



XXII
Ni siquiera un intento.
Nada.
No busquemos la luz
en las tinieblas,
como tampoco en el invierno
un trazo azul de golondrina.
De nada vale izar las velas
cuando el viento duerme
en su morada,
inútil roturar la tierra
cuando la lluvia es
una ilusión lejana.
No pretendamos
aspirar del aire
el dulce aliento del estío,
si ya el prado se vistió de ocre,
porque es tiempo
de dominios otoñales.
No.
Ni siquiera un intento.
Tampoco una mirada.
Ni una leve caricia.
Solo escuchemos
el lenguaje del silencio.
Y si después de su elocuencia
nada nos conmueve,
vendrá la hora
del adiós definitivo.



XXIII
Que fácil me resulta ser poeta.
Lo soy, desde que nace el sol
hasta que muere.
El primer verso me habita
cuando inauguras el día
con mi nombre, y es tu voz
un claro pentagrama
- flauta de cristal que se desgrana -
Y así, uno a uno se suceden.
Te siento poesía
cuando abandonas
mi lecho silenciosa,
y tus manos buscan encausar
el río de tu pelo, que bañan
las lunas tremulantes de tus senos.
Cuando la luz del mediodía
en el patio te sorprende, y se refleja
en la fuente infinita de tus ojos,
donde vienen a beber
pájaros de diurnas melodías.
Cuando transitas cantando
y despiertas los duendes dormidos
de la casa, como si tu cuerpo fuera,
una sonora y musical campana.
Cuando miras el crepúsculo
presintiendo ya, que la noche
nos invade, y te vuelves hacia mi
buscando abrigo,
instante en que concluyo
mi libro de poemas.




Fuente:

- Archivo de la Revista Cultural Latinoamericana (Guturalmente hablando) “El Viento” 


  



24 de febrero de 2016

Por Luis Vilchez - Poesía Periodística (Parte 31) - Fabio Boso, el poeta imprescindible

Más frágil que un poema de la luna


Poema dedicado a Fabio Boso

Cuando el río suena sueña la luna
cantan como dos pájaros que van al sol

majestuosos son los mares de tus palabras
cual última poesía que hoy nos brindó

amigo inmenso - hermano de la vida
predicador de una palabra viva

compartidor de los panes - los abrazos
cantor romántico - poeta enamorado

sos tan poeta como el bueno de Martí
el más osado de los utopistas

caminante de estos versos que son luces
amigo -hermano mío- de la noche

más frágil que este verso
que se va por los tejados

destinado a ser el vuelo de aquellos pájaros

que no encontraron puerto

Poema extraído del libro "Poemas de amor para una olla vacía", Edición especial artesanal Madera y Verso: enchapado en madera, pegado a un cartón, variedades de pino, roble y cedro, Luis Vilchez, año 2008


Sin ningún lugar a dudas, Fabio es uno de esos seres que son “tan necesarios” y tan difíciles de encontrar en el camino de la poesía.
Es integrante de la Revista Cultural Latinoamericana (Guturalmente hablando) “El Viento” y de La Sopapa Literaria (Revista de Poesía Periodística).
Da conmovedoras clases de filosofía en la Universidad Nacional de San Luis y trabaja de psicólogo.  
Amigo entrañable. Solidario. Comprometido con la vida. Poeta de “El Viento”.
Convidamos su palabra sanadora, tan necesaria, tan natural.


 Fabio Boso, el poeta imprescindible 


Testimonio

   ¿Por qué la poesía? Porque la poesía es el ejercicio de la resistencia a la palabra totalizadora y totalitaria, y es el pan en los tiempos de crisis, es decir, el pan para todo tiempo… Porque la poesía es esa otra desmesurada forma de responder a la desmesura de las ideas instaladas, a lo desmesurado de siempre del mundo, al desmantelamiento de la alegría y la justicia, al sarcasmo de los poderosos, al cinismo de los conformistas, a la necedad de los escépticos… Porque la poesía nos devuelve –pero también lo crea- a un tiempo donde la urgencia no es el hambre que hay que saciar en nombre del mercado y la producción en serie, sino el nombre de las palabras imperiosas de decir su verdad fuera de cálculo…

Dos poemas sobre mujeres


Mónica Algarbe, Hugo Jofré Izu, Luis Vilchez, Enzo Mottura, Fabio Boso y Silvio Correa (PICHETO) integrantes de la Revista Cultural El Viento y La Sopapa Literaria 


Programa que trata sobre referentes de la literatura de San Luis
YOUTUBE.COM


Emy al atardecer

Emy al atardecer
Bajo un río de árboles
Es un nenúfar que sonríe
En medio del murmullo del parque adormecido…

Su pelo, esa alegría blanca,
Enluna una mirada diamantina
Mientras sus gestos nacarados trazan
Círculos invisibles en el aire leve…

Alrededor de sus palabras danzan luces:
Emy habla y colorea un puente 
Cuando las horas ceden paso
A la inevitable penumbra…

Cerca, pájaros azulinos suben y bajan,
Dispersando los últimos rubores de la tarde…
Emy camina, y su paso
Reúne en silencio las orillas de las cosas…

Entretanto, yo la miro desde una paz afable;
En ella me conmueven
La simpleza del tiempo en movimiento,
La fragilidad de todos los nombres,
La inquietante costumbre de la vida…

Emy al atardecer,
En el claroscuro memorable…


Hugo Jofré Izu, Luis Vilchez, Fabio Boso y Silvio Corre (PICHETO) integrantes de  la Revista Cultural El Viento y La Sopapa Literaria 


Programa que trata sobre referentes de la literatura de San Luis


Lucía a medialuz,

Lucía a medialuz,
Lucía que descansas a la sombra de tu nombre,
que te duermes contra el filo de la tarde
reflejada en tu pupila muerta.
Lucía: tus cabellos en la hojarasca de oro
flotan como naves solitarias...
Lucía al pie del árbol que te ampara,
tu ojo sin vida no velará jamás el otro sueño:
es un cuenco vaciado de su brillo
que yace bajo el techo de tu párpado vencido.
Lucía a medialuz. Y tu media mirada
se concentra en un solo sol brillante
que culebrea entre el nombre de las cosas;
y en un centelleo de ojos infinitos
van desnudando su alegría las estrellas.
Lucía a medialuz, en sombra de cenizas
pero tan viva, así, de parte a parte.
La noche se recuesta sobre el olvido de la tarde,
la noche que también ha caído en tu ojo inerme;
y rebaños de nubes se amontonan,
atropellándose en su negra entrada.
Morir, Lucía, a medialuz, como la tarde
morir en tu ojo- fuego,
donde a veces viajan silenciosas nubes,
o en la negrura del hueco de tu nombre,
desandándome de todas las palabras,
empujando de mí mismo hacia tu cielo...


Fuente: Décima Quinta Comunión Literaria. Recibida el 29 de marzo de 2009. Kibro “Las Hojas” Compilación de Testimonios, notas, poemas, cuentos, crónicas varias, de escritores de la década del 60 y 70 que publicaron en la Editorial Papeles de Buenos Aires, Ediciones La Pluma y La Palabra dirigida por el poeta Roberto Santoro y escritores que han publicado en la Revista Cultural Latinoamericana (Guturalmente hablando) El Viento dirigida por la escritora Mónica Algarbe y el poeta Luis Vilchez. Colección Libros de la Calle, año 2010. 

29 de diciembre de 2015

Por Luis Vilchez - Poesía Periodística (Parte 30) - Héctor David Gatica, poesía y oficio

Héctor David Gatica, según dijo alguien que debe amar su obra, es “El hombre que atesora un puñado de oficios”.
Lo conocí en el año 2014 en la ciudad de La Rioja. Viajamos con la escritora Mónica Algarbe y el poeta Roberto “Tato” Iglesias a presentar nuestros libros. Con muchas ganas de conocer y aprender de la labor cultural de gente hermosa de la zona. 



Nunca pensé que terminaríamos compartiendo poesía, música y danza con David y su amado hijo Gabriel (gran poeta de quien ya hablaremos en otro momento), el cantautor popular Ramón Navarro, el “Monchi” Navarro (su nieto) y la Orquesta Comunitaria Enrique Angelelli.


La Soledad (Poema dedicado a David Gatica)

Detrás de cada incierta puerta
año tras año
siempre me espera
la soledad

vestida como nube de algodón
mi soledad sirve café
me observa
y muy atenta
disfruta mis silencios…

en este invierno es especial
mi soledad

ha abierto todas las puertas de mi alma
se entregó desnuda al sol
serenita retoza en el césped del patio

escucha y disfruta
del canto de los pájaros
bebe agua fresca y me convida
me da palabras

yo estoy sentado
en la pradera de sus nalgas
canto con ella
me siento pájaro
vuelo sereno por el firmamento
y llego inmenso hasta la cima
de estos versos…

mi soledad es insaciable
me pide más y más incertidumbres:
¡respirá! ¡salí a pasear!
¡bañáte! ¡ve a trabajar!
¡hacé el amor! ¡sentí!

me llena el bolso y la esperanza
de palabras
 así yo… enfrento al mundo…

el telón del amor
se cae y se levanta
la brisa suave
se estrella contra mi alma

y  sigo caminando mi destino
de letras solitarias
y manos solidarias…

inmediatamente
me tiento a abrir las puertas
de otras soledades

y vuelvo ha ser
por un momento inmenso
nuevamente pájaro
canto matinal
efluvio
amante insaciable

y llego al puerto fresco
de otras soledades

les cebo un mate
les hablo
les nostalgio

les hago cosquillas en el vientre
las beso y las rebeso
les cuento un poco de mi soledad
y luego marcho…

mi soledad
es muy solicitada
y es etéreamente solitaria

y a diferencia de otras soledades
mi soledad es buena…

me goza
me disfruta
me acompaña…

siempre marchando
con otras soledades
siempre en un puente
rumbo al infinito
siempre en un puerto
donde nadie llega

siempre lo incierto
lo compacto
lo concreto

siempre en los ojos
de los niños tristes
siempre guerrera
siempre protestando

siempre en las marchas
de pan y de trabajo

siempre en un río
cristalino y puro
siempre en los ojos
de mi bienamada

siempre presentes

yo
y mi soledad


Juana Koslay, jueves 16 de julio de 2009, 15: 37 horas


Texto extraído del libro Epitafios (de amor y desamor), Colección: Libros De La Calle, año 2010,
Luis Vilchez




Presentación en la vos de Hector David Gatica para el disco LOS ENCUENTROS de Ramón Navarro
YOUTUBE.COM





Será un momento que quedará gravado hasta el fin de mis días en mi corazón de río.










Obra: LA CANTATA RIOJANA Autor: HECTOR DAVID GATICA Interpretes: Ramon Navarro, Rioja Trio, Pancho Cabral, Chito Ceballos, Ramon Navarro…
YOUTUBE.COM

David vino a San Luis con su hijo y su amada compañera de la vida en el mes de setiembre de 2015, a festejar los 16 años de la Revista Cultural latinoamericana (Guturalmente hablado) El Viento, fue un gesto importantísimo para nosotros. Gatica con su humildad y poesía que estremece hasta lo más infinito de los mares del mundo, vino a darnos un apretón de manos, su aliento, su sonrisa de río y ese abrazo que es tan necesario.




Convido algo de la obra de este poeta de “El Viento”, hermano astral de nuestro Juan Miguel “Pelado” Bustos, que hace unos meses partió a otras galaxias en busca de nuevos conmovedores poemas. Y que seguramente esta ahora acá, dándome inspiración para que esta admiración no me sobrepase y pueda honrar la obra del poeta.




Sin ningún lugar a dudas, David, es uno de los escritores más importantes que a nacido en nuestra America bendita. Es autor de numerosos libros, Rescato memoria de los llanos como una lectura imprescindible para quienes pretendemos leer y escribir poemas.


Obra de Héctor David Gatica

La Universidad de la calle

En la universidad
vi truncárseme la carrera de ciencias de la educación
más se me abrió la de la calle
ella me enseñó
¡cómo me enseño!.

Otro amigo que se va

Estoy despidiendo a otro amigo
Julio Kloster deja a su mujer y a su niño de meses
los llevará cuando se pueda
lo que más me duele es irme como si fuera un delincuente
otro amigo que se va
al final de los días no quedan mas que adioses
cárceles allanamientos cesantías
al final de los días
siento que nos quedamos mudos ausentes presos
incomunicados
desocupados
solos
solos
al final de los días.

Cosas para la venta

Estas cosas están para la venta
Son de un periodista que debe abandonar el país- (1)
una bicicleta de mujer
una estufa a querosene
una cama matrimonial
un canasto para ropa
una mesa
dos sillas de madera
algunos libros.

(1) Mario Zótola


Una ciudad desconocida

Voy por las veredas y siento
como si caminara por una ciudad desconocida
despojada de todos mis amigos
ando como si fuera un fantasma
que deambula solo sostenido por los antiguos sitios
desalojados. Vacíos.


La Palabra

Acaso tengan razón de guiar su paso por el
mundo

con las manos
repletas.


Nuestras cárceles

En esta torpes puertas clausuradas
saludo tu condena.
Nos encontramos a nivel
con tu encierro y mi angustia libre.
Con la penumbra de los dos.


Ya podemos anular la distancia
esa que nunca existió
que sólo la inventamos
con el fin de no pisarnos la sombra.


De como uno no sabe cuantas
muertes le quedan en la vida

La incineración humana en los altos hornos
también está al día.
¿Qué horror no lo está?
Mujeres de quince a veinte años
ven clausurados sus senos
violada su risa.
Se mata curas militares policías obreros empresarios
ancianos jóvenes políticos estudiantes gremialistas
madres padres hermanos niños profesionales delincuentes
inocentes
se mata se mata se mata


Es tarde ya
me voy a dormir y entre sueños
cuando alargue mi mano para apagar el receptor
quizás alcance a oír la última muerte del día.
Realmente
en este país
uno no sabe ya cuántas muertes le quedan de vida.


No tengo con quién compartir mi vino

No abras esa botella de Cepas Riojanas
me dice mi esposa
guárdala para cuando vengan a visitarte tus amigos
mis amigos están presos o en el exilio
y los pocos que me quedan los visito en su casa
nadie viene ya a vernos
déjame abrir estas cepas
las beberé sin ellos
no espero a nadie
no tengo con quién compartir mi vino
lo beberé callado y solo
a este vino que según el salmista

alegra el corazón del hombre.

21 de diciembre de 2015

Por Luis Vilchez - Poesía Periodística (Parte 29) - La poesía de Daniel Álvarez, a diferencia de de otros poemas es “un alma cargada de futuro”.

 La poesía de Daniel Álvarez, a diferencia de de otros poemas es “un alma cargada de futuro”. Lo conocí en un verano que venia de viaje de San Juan, supongo que de algun encuentro de poetas. Acorde a la primera mirada sanadora, ya éramos hermanos de la vida. Yo abrazado al poeta, el poeta abrazado a mi.
   Supongo que su obra debe ser muy valorada por la gente de su pueblo y también ninguneada por las voces de poetastros asalariados por el político de turno. Supongo, solo supongo. Ya que al abrir al azar su libro “Pueblo y Rebelión” y conmoverme con su canto de pueblo en ese hermoso fragmento que ahora les convido del poema “Pueblo caminante” que esta escrito en la página 45 y que dice: por más que los muros se desmoronen; / los sistemas se demuelan con bombas; / los imperios babilónicos caigan, / las lucen de Nerón en las ciudades se apaguen, / las revoluciones de los pueblos estarán latentes… allí ya empezó a estremecerme el alma caminante. Uno que busca y re busca poeta y poetas, y ve tanta sequía… se encuentra con la obra de Daniel y estremecido piensa que su poesía es “un alma cargada de futuro”.


   Álvarez nació el 28 de enero de 1978 en Andalgalá, Catamarca, Argentina; profesor de Lengua y Literatura, hace música instrumental y es periodista, es autor de “Pueblo y Rebelión” "Andalgalá, pucara de las letras" y colaboró en revistas como la mexicana "Horizonte Literario" y la española "Molinos de Letras". Actualmente es integrante de la revista Cultural Latinoamericana 8Guturalmente hablando) El Viento, todo un orgullo para nosotros.


Daniel en su paso por San Luis, con integrantes de la revista Hiperbórea en casa del actor y poeta “Tati Banegas”  (a la derecha). Enero de 2015


Daniel en Potrero de los Funes, otro paso por San Luis, con integrantes de la revista El Viento, con motivo del XVI Encuentro Nacional de Arte y Memoria, setiembre de 2016

Poema dedicado a Daniel Álvarez

Los poetas
tendrán que salvar al mundo
yo lo digo
lo presiento
lo añoro
lo comparto
Sino…
¿Para qué 
hacer levar tanto los panes
si no hay convite?

Luis Vilchez
Juan Koslay, San Luis, Argentina
Lunes 21 de diciembre


Obra de Daniel Álvarez

En los tiempos de la minga

Un viejo asoleándose como viga
mira sus recuerdos como un limonero
que mantiene sus raíces en la tierra.

Una abuela pensativa junta leña de los algarrobos
para cocinar en una salamandra la comida
que la memoria no logra borrar.

Otros campesinos dejan jubilosamente su grano de arena
en el tiempo descalzo que camina con pasos inciertos
en las calles enripiadas donde agoniza la siesta.

El cosechero

En el paisaje silenciosamente enjoyelado
el sol observa en los oros de sus rayos
los frutos caer sordamente en la tierra,
rompiendo las miradas bondadosas,
de quien las recogerá con calma,
y un canto de carnaval
nacido de la alegría del vino y la chicha.

El cosechero con alma de coplero
junta el alimento de la tierra amamantadora,
lava su cansancio con el vino añejo
y el agua de las acequias inmaculadas.

Al terminar su jornada
vuelve con una sonrisa a casa,
un morral de vida en su hombro,
porque es hombre de pueblo
e hijo de la tierra.

El pueblo

El pueblo que lleva la herida
camina con la espina, la espiga,
sin olvidar, ni perdonar;
gritando, cantando, clamando,
para hacer historia,
sin perder las esperanzas,
rompiendo cadenas, hermanándose…
sonriendo… llorando…reconociéndose,
con trabajo, y su propio brillo;
diciéndole sí a la vida,
no al olvido, ni a la muerte…

Ese pueblo, es nuestro pueblo.

La memoria no se borra

Ellos
escribieron en tierra y cielo
soledad, memoria y olvido
con tintas rojas y negras
de venas y ríos;
dejando páginas incompletas
en el libro de la historia,
para no borrar el silencio
de los acallados.

Pasos

Siento mis pasos
junto a los de mi hermanos
fuera del tiempo
en que fueron ejecutados,
dejando en la vereda
un aspecto espectral,
y una raíz madura
envuelta plácidamente
en la cristalina verdad.

Escucho aquellas húmedas pisadas,
Preguntándose ¿hasta cuándo
seguiremos sonando
como castañuelas descoloridas,
persiguiendo a la utopía que se aleja
dejando un vacío para llenar al caminar?.

Oigo sigilosamente aquella marcha
que descubre las respuestas y comprende
el sentido de andar en las agujas del sol.